Había dormido unas cuatro horas y había trabajado ocho. Os podéis imaginar que no estaba yo para mucha fiesta, pero se celebraba el cumpleaños de una amiga y había que asistir.
Por supuesto llegué tarde. No solo porque la hora de quedada entre mis amigos era la misma que la de salida de mi trabajo, sino porque cuando me estaba cambiando y, a poder ser, poniéndome más guapo si cabe que habitualmente, estaba algo distraído en otros menesteres. En fin, que cuando llegué al chino donde se celebraba la cena, la gente ya había cenado. Eso sí, muy amablemente habían apartado algo de comida para mí. Un gesto muy altruista, pero yo no tenía hambre así que apenas la probé.
Me tomé el cuarto café del día y nos fuimos a nuestro habitual bar. En realidad no es una bar, pero tampoco es un pub, así que lo dejaré en lugar raro donde solemos estar. Como no podía ser de otra forma estaba a rebosar así que nos fuimos, esta vez sí, a un pub (nuestra segunda elección cuando falla la primera).
Al rato de estar ahí, como veinte minutos, miré la hora e informé de que me iba, de que no aguantaba ni un segundo más despierto. La persona que tenía a mi derecha trató de convencerme de que me quedara y, curiosamente y contra todo pronóstico, lo consiguió. Serían la una de la madrugada.
Por supuesto, a pesar de haber cedido y haberme quedado, yo seguía estando en un estado de inactividad bastante curioso. Pero de repente ocurrió. De repente salió el tema y todo cambió: el sexo.
Desde la una de la madrugada hasta las tres aproximadamente estuvimos hablando de sexo, diciendo cosas que ya nos habíamos dicho cuarenta veces antes y sin aportar nada nuevo a la ecuación. Pero no por ello dejamos de reírnos ni de disfrutarlo.
Mi arousal aumentó como la espuma y empecé a colaborar, siempre que podía dar algún tipo de dato porque yo soy un pervertido, pero es que el resto de mis amigos… Lo normal, supongo.
Lo fundamental es que, como ya he dicho, en la conversación no se aportó ningún dato nuevo sobre nuestras experiencias sexuales. Nadie y, repito, nadie, había probado en la última semana a mantener relaciones sexuales en un Delorian mientras viajaba al pasado para acostarse con su madre y luego al futuro para hacerlo con su hija. Nadie había hecho nada nuevo y, sin embargo, ahí estábamos, una vez más, tratando el dichoso tema.
Mi pregunta es la siguiente: ¿qué demonios tiene el sexo para que, no ya el practicarlo, sino el hablar de él nos cause tanta alegría y alboroto? Es cierto que es algo muy placentero, al menos para la mayoría, pero también lo es comer o, incluso, cagar y no me tiro horas hablando de ello. De hecho son dos temas que pueden aburrirme sobremanera.
Pero con el sexo eso no pasa. Puedo hacer mil y una bromas con él, puedo hablar horas sobre él (llegando incluso a tirarme más tiempo hablando ininterrumpidamente sobre él que el tiempo que he gastado en practicarlo), y lo peor o lo mejor de todo, es que no me resultara aburrido. Es cierto que puede cansar y hastiar, pero solo durante un período de tiempo. Pasado el momento, volvemos a la carga.
Sin duda alguna, si me dijeran que hiciera una lista rollo top ten con los temas de los que más me gusta hablar el sexo estaría en segundo lugar. Y sí, hay otro que lo supera, pero eso lo dejo para otro día que se me está haciendo tarde.
Para el jueves subiré un nuevo vídeo contándoos una de esas historias curiosas que están en mi cabeza y que llegaron a través de no sé qué fuente.
Un abrazo y pasadlo bien.
Navarro.
PD: Si algún atrevido quiere arriesgarse a decir cuál es el tema de conversación que ocupa mi top ten, que no sea tímido y que lo deje en un comentario. Si acierta me propongo recompensarle de alguna manera no asociada al sexo.