Y nació. Midió poco y peso aún menos. Su infancia transcurrió sin incidentes, solo un par de roces con los demás pececitos que le acompañaban a la escuela para aprender a nadar. Pero era un pez muy tímido, tanto que siempre lloraba cuando sus padres le obligaban a salir del calor, mejor dicho del frío (estaban bajo el mar), de su hogar. Pero al final creció y, como no podía ser de otra forma, se enamoró. Su sangre tornó de tibia a ardiente y sus branquias no paraban de hiperventilar cuando su pececita estaba cerca. Y he decir que lo intentó, fue un buen pez, siempre atento, siempre complaciente, pero no lo consiguió. Entonces vio una película (se ve que bajo el mar también hay cines) y encontró la formula para enamorarla: Ser chulo. Y se convirtió en El Pez Chuleta. Se dejó un par de pelos sueltos, los morros salidos y empezó a hacerse el guay. Se colaba en las fiestas para carpas, chuleaba delante de las chicas, hacia locuras como bajar hasta las profundidades del mar… Hacía de todo. Hasta que un día se pasó de la ralla y se enfrentó a un enorme y temido tiburón. No duró ni dos segundos. Un colmillo le atravesó de arriba a abajo y su sangre impregnó las aguas del mar.
Lo siento, no me van los finales felices.
Bueno, si queréis ver de verdad cómo fue el nacimiento del Pez Chuleta no os perdáis el siguiente vídeo:
Un abrazo y pasadlo bien.
Navarro.
